No hay nada a lo que temer en el temor, entra en él.

domingo, 27 de septiembre de 2009

La Vejez niveladora

Toda sociedad en decadencia, es propicia a la mediocridad y enemiga de cualquier excelencia individual; por eso a los jóvenes originales se les cierra el acceso al Gobierno hasta que hayan perdido su arista propia esperando que la vejez los nivele, rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes a su grupo social. Por eso las funciones directivas suelen ser patrimonio de la edad madura; la ´opinión publica´de los pueblos, de las clases o de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron superiores y empiezan ya a decaer, el exponente natural de su mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos; solo en las épocas revolucionarias gobiernan los jóvenes; la Revolución Francesa fue ejecutada por ellos, lo mismo que la emancipación de ambas Américas. El progreso es obra de minorías ilustradas y atrevidas. Mientras el individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la cabeza de las mayorías conservadoras. [...].
Afirmar que por el camino de la vejez se llega a la mediocridad, es la aplicación simple de una ley general que rije a todos los organismos vivos y los prepara para la muerte. ¿Por que extrañamos de esa decadencia mental si estamos acostumbrados a ver desteñirse las hojas de los arboles cuando el otoño llega perseguido por el invierno?
Admiremos a los viejos por las superioridades que hayan poseído en la juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa; la vejez no pone flores donde solo había malezas, antes bien, siega las excelencias con su voz niveladora. Los viejos representativos que hacienden al gobierno y a las dignidades, después de haber pasado sus mejores años en la inercia o en orgías, en el tapete verde o entre rameras, en la expectativa apática o en la resinación humillada, sin una palabra vil y sin un gesto altivo, esquivando la lucha, temiendo adversarios y renunciando los peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen derecho a catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas en falsete y mueven a risa. Los hombres de carácter elevado no hacen a la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían a la incertidumbre de las canas la iniciación de grandes empresas que solo pueden concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles.
La experiencia viril complica la tontería de los mediocres, pero puede convertirlos en genios; la madurez ablanda al perverso, lo torna inútil para el mal. El diablo no sabe mas por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es por santidad; sino por impotencia.

J. Ingenieros

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